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lunes, 1 de octubre de 2012

Sensación y Percepción…y la necesidad del respeto y la tolerancia


Sensación y Percepción…y  la necesidad del respeto y la tolerancia

Jesús Morales

“No vemos las cosas como son, las vemos como somos” 
 (Anais Nin).


Partiendo de la necesaria diferenciación que hay que hacer entre los términos sensación y percepción encontramos que ambas experiencias aunque guardan una relación entre sí, necesitan ser definidas y aclaradas. Encontramos que la sensación, involucra dos aspectos o dos elementos que son: La estimulación de los receptores sensoriales y la transmisión de mensajes neuronales desde los receptores sensoriales hasta el sistema nervioso central. Recordemos que los receptores sensoriales son células especializadas capaces de transformar la energía física en impulsos nerviosos.

Considerada entonces desde el punto de vista biológico o más fisiológico, la sensación viene a ser una experiencia básica que requiere de estímulos simples y que se vuelve un tanto más compleja cuando se trata de la percepción.

La sensación se refiere más a experiencias inmediatas básicas, generadas por estímulos aislados simples (Matlin y Foley 1996). La sensación también se define como la respuesta de los órganos de los sentidos frente a un estímulo (Feldman, 1999). Es por ello que generalmente se suele afirmar que la sensación es un proceso que precede a la percepción y que es una experiencia funcional simple y fácil; Tomemos como ejemplo una situación en la que percibimos un estímulo, como la alarma de una puerta, y luego que lo analizamos y lo  comparamos (aquí empieza el proceso de percepción) procesamos esa información que recibimos, respondiendo ante este estímulo con una actitud  de alerta ante cualquier peligro o  simplemente podemos proceder a acercarnos al interruptor para apagar la alarma que se activó por accidente. Todo esto constituye la acumulación de gran información que se interrelaciona para llegar a una conclusión.

 “Todo acontecimiento histórico y todo acto humano son capturados según la mirada que ha sido macerada por la experiencia biográfica e intelectual. Hay muchas formas de mirar. No son iguales las miradas del cazador y las de la presa. Ni son parecidos los ojos del auditor y los de la audiencia, ni la mirada serena y la exaltada” (Ferrer, Cristian, Mal de ojo, Barcelona, Octaedro, 200)

La percepción es considerada como aquella experiencia mediante la cual la información sensorial es organizada e interpretada. A diferencia de la sensación, la percepción responde más a los procesos psicológicos. La percepción es la interpretación de esas sensaciones, dándoles significado y organización (Matlin y Foley 1996). La organización, interpretación, análisis e integración de los estímulos, es la actividad de nuestros órganos sensoriales y también de nuestro cerebro (Feldman, 1999). 

Todo esto constituye la acumulación de gran información que se interrelaciona para llegar a una conclusión.

Existe una  relación entre el concepto de percepción y el concepto de cognición. Tomemos otro ejemplo:

Al encontraros al comienzo de un evento académico escuchamos algunos sonidos que nos producen una sensación, luego percibimos que son notas musicales (sonidos diferentes), y  que esas notas musicales son parte de nuestro himno Nacional y por ende, sabemos que debemos ponernos de pie para cantarlo ; ahí es donde se da  el proceso cognitivo porque relacionamos una cantidad de información (himno, símbolo, respeto, ponerse de pie, cantar , etc.) que unidos, influyeron para que respondiéramos de una manera determinada. En resumidas cuentas, al percibir las notas musicales e interpretarlas en nuestra mente respondemos de una determinada manera, de acuerdo al estímulo, se da entonces el proceso de cognición).

Vale la pena destacar que, respecto a la Percepción, tenemos Los principios gestálticos de organización perceptual y la teoría de la Gestalt. 

La teoría de la Gestalt dice que percibimos los objetos como un todo bien organizado, más que como partes separadas. A menos que tengamos alguna afección en nuestro órgano de la vista, cuando abrimos nuestros  ojos para ver el mundo, no vemos fragmentos pequeños- y desordenados por demás- sino que vemos formas y patrones bien definidos y formados. El todo que vemos es algo más estructurado que un grupo de fragmentos separados. Es por ello que la Gestalt considera que la forma es más que una unión de los fragmentos (es como el principio de la sinergia en la Teoría General de los Sistemas, que dice que el todo es mayor que la suma de sus partes y que las partes individualmente no explican la conducta del todo).

Recordemos que una Gestalt tiene que ver con la percepción de un todo completo, con sus patrones y sus paradigmas sin fragmentaciones. La Gestalt se apega a la Teoría general de los sistemas, que postula que el “todo” es mayor que la suma de sus partes y que las partes individualmente no explican la conducta del “todo” o sistema.

Durante nuestro proceso de percepción intervienen también los prototipos y las plantillas. 
Las plantillas: Son los patrones específicos guardados en la memoria para diferentes estímulos.

De acuerdo a la teoría de la igualación de plantillas, tenemos varias plantillas o patrones específicos, guardados en la memoria. Por ejemplo, al ver una letra vemos si se parece a una de nuestras plantillas. Si pasa, reconocemos la letra; si no, buscamos otra. La idea de que cada patrón va en un molde y tiene algo de lógico, pero funcionalmente es inflexible y va en desventaja porque necesitaríamos memorizar todas las variantes de la categoría de un estímulo, lo que haría el proceso más lento y más ineficiente.

        Los prototipos: Son todas aquellas representaciones almacenadas en la memoria de diferentes objetos o estímulos del entorno.

Acá aparece la teoría de la igualación del prototipo, la cual propone que almacenamos patrones abstractos, en la memoria. Cuando vemos un objeto en particular, lo comparamos con un prototipo. Si se parece al prototipo, reconocemos el patrón. si no se parece  , lo comparamos con otros prototipos hasta que encontremos uno con el que se parezca . Este es un punto de vista muy flexible porque el prototipo es un patrón general, no específico y cambiable. Esto podemos verlo en el siguiente de ejemplo: S S S S S s s s S S S

Hay un tema que se discute mucho acerca de que si la percepción es aprendida o heredada. Diversas investigaciones han demostrado que algunos factores básicos de la percepción son biológicos y en la mayoría de los casos cumplen funciones adaptativas. Otros estudios han demostrado que la percepción es el resultado, de la ampliación y re-adaptación de las capacidades perceptivas. No obstante, son más los estudios que han dado datos poco representativos.

La percepción presenta una flexibilidad, porque puede ser modificada por nuestra experiencia.  Tienen  un papel muy importante los criterios de aprendizaje y el condicionamiento clásico y operante. Por ejemplo, la sensación que tenemos de un perfume es la misma, siempre y cuando, nuestro olfato, es decir, que no tenga alteraciones funcionales (como también puede ocurrir con el órgano de la vista, como lo referimos anteriormente). Pero si ese perfume se asocia a situaciones particulares, con una carga emocional, es probable que tome otro significado en términos de la percepción que se tenga de él.

Si la percepción es aprendida o heredada lo único que se puede decir es que tanto la herencia como el ambiente del aprendizaje, tienen papeles determinantes en la forma como percibimos el todo que nos rodea. Lo que sigue es considerar la medida en que las influencias operan para jugar con nuestra capacidad de juicio sobre los estímulos que procesamos.

El mundo perceptivo del ser humano es abierto, es decir, puede llegar a definir y explicar la existencia de realidades distintas respecto al medio en que habita y es capaz de adaptarse a ellas. Es por ello que se suele afirmar que el ser humano tiene un “mundo”. Mientras que los animales, a diferencia de los seres humanos, poseen un “medio vital” o un “medio ambiente”, es decir, tienen una percepción muy particular, especializada, y totalmente adaptada a sus necesidades de existencia y de adaptación al medio en que deben desenvolverse y adaptarse para desarrollarse su vida. 

“ El ser humano mira sin ver, escucha sin oír, toca sin sentir, come sin gusto,, se mueve sin fijarse en su cuerpo, inhala sin percatarse de los olores y fragancias y habla sin pensar” 
(Leonardo Da Vinci).


      Por otro lado, el hombre realiza su proceso de percepción percibe desde y a partir de su cuerpo, ello hace que perciba el mundo de una manera perspectivista: nunca contempla desde “todas las partes” sino únicamente desde el lugar en que está situado, por ello en cada momento sólo percibe un lado de las cosas. Eso tiene sus consecuencias que podríamos llamar “filosóficas”.

El hombre, es decir, el ser humano, no conoce la  realidad tal y como se le presenta. Construye la realidad a partir de los estímulos y con todos los factores ya señalados que influyen en la percepción; para él no existe la verdad absoluta, lo cual le permite desprenderse del perspectivismo. Por ello, parece claro e inevitable que se le presenten diversas “formas” de percibir la realidad y ninguna de ellas es  la “definitiva”, la “verdadera”; de ahí la necesidad del respeto y la tolerancia, valores fundamentales en los que se basa la democracia y la dignidad del hombre.


Apéndice
¿Qué son las sensaciones y las percepciones? 

   (…)Parece lógico inferir que ambas son cosas diferentes. De hecho, se ha efectuado históricamente una distinción entre sensación y percepción, considerándose usualmente que las sensaciones eran experiencias básicas y simples, elicitadas  por estímulos simples. Por ello, podríamos decir que experimentamos la sensación de «rojo» cuando se nos presenta un pequeño punto de luz roja, la sensación de «dolor» en respuesta a un pinchazo, o la sensación de «luz» en respuesta a un breve flash de luz. Por otra parte, si se consideran desde un punto de vista fisiológico, las sensaciones suelen relacionarse con la actividad de los receptores sensoriales. Por ejemplo, la sensación de dolor puede relacionarse con la estimulación de un receptor de dolor en la piel, o la sensación de ver un flash de luz con la actividad de los receptores de la retina.

Se piensa normalmente que las percepciones son experiencias más complicadas elicitadas por estímulos complejos, y a menudo, significativos. Por tanto, podemos hablar de percibir las formas de una pintura o la melodía de un sonido. Al ser complejas, se suele decir que las percepciones son el resultado de procesos de orden superior a las sensaciones, y de una integración o adición de sensaciones. Este proceso de integración puede implicar otros procesos, tales como la memoria, y puede estar afectado por las experiencias previas del sujeto perceptor. Debido a su naturaleza de orden superior, se suele relacionar a las percepciones con la actividad fisiológica en el cerebro.

Aunque la anterior distinción entre sensación y percepción parece bastante clara, en la práctica la línea divisoria entre ambas es bastante borrosa. Una pregunta que podemos plantearnos es la siguiente: 

¿Cuándo algo que es simple (sensación) se convierte en complicado (percepción)?
A partir de la distinción simple-complejo entre sensación y percepción, podemos clasificar la experiencia producida por un flash aislado de luz como una sensación. Pero ¿qué haríamos con la experiencia producida por dos flashes próximos de luz? En este caso, el estímulo es más complejo; por lo que ¿ha de considerarse como percepción la experiencia resultante? Podríamos argumentar que se trata de percepción porque se necesita de un proceso superior para decidir si los dos flashes se experimentan como luces separadas o como un grupo de dos luces. (…)


Teorías aportes, autores

 Los tres psicólogos que más se asocian con la teoría de la Gestalt son: Max Wertheimer (1923), Kurt Koffka (1935) y Wolfang Köhler (1947). Éstos investigaron tres áreas: las leyes de agrupación, la bondad de las figuras (Ley de Prägnanz) y las relaciones entre figura y fondo. Con todo y sus  ciertas limitaciones en la teoría, sus planteamientos siguen estando al día en la explicación de la percepción de las formas.

También tenemos los aportes de Edgar Rubin (1915 – 1958), psicólogo danés. Rubin fue uno de los primeros en intentar poner en claro lo que constituye la figura, se opone al fondo. 
Hay que considerar la relación figura–fondo. Desde el punto de vista visual, las partes de un diseño se organizan en base a una figura y sobre un fondo; Cuando dos áreas comparten un límite común, la figura es la forma diferente  con bordes muy definidos. El fondo es lo que sobra, lo que está por detrás.

Rubin Llegó a cuatro conclusiones de la figura y el fondo:

Leyes de Agrupación: Dentro de la perspectiva gestáltica, estas leyes constituyen un intento por identificar las claves más importantes de la visión de objetos en conjuntos:

Ley de la similitud: determina que los objetos similares tienden a ser percibidos como una unidad.

Ley de la proximidad: dice que los objetos contiguos tienden a ser vistos como una unidad.

Ley de las regiones comunes o del destino común: cuando los objetos se mueven en la misma dirección, los vemos como una unidad.

Ley de la buena continuación: dice que los objetos que se encuentran arreglados en una línea recta o una curva tienden a ser vistos como una unidad.

Ley del cierre: dice que cuando una figura tiene una abertura , nos inclinamos a verla como una figura completa y cerrada.

Ley de la simplicidad: cuando se observa un patrón, se percibe de la forma más básica y directa posible.  

martes, 3 de julio de 2012

Trabajo de Campo


Trabajo de Campo

·         Una vez seleccionado un programa de televisión transmitido por señal abierta,responda las siguientes preguntas

I Parte

·         Realice una ficha técnica  de dicho programa que contenga los siguientes datos:
·         Nombre de programa
·         Tipo de programa
·         Canal que lo transmite
·         Horario en que se transmite
·         Duración de dicho programa
·         Secciones o partes que componen dicho programa
·         Descripción de loe elementos gráficos que tiene el programa (Tapas de presentación /o despedida, presentación de las secciones, inserts y otros)
·         Tipo de musicalización usada en el programa (cortinas musicales, efectos de sonido, música incidental, tema musical del programa (si lo tiene)



II Parte

1.    Según el artículo 5 de la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión, ¿Cuales son los tipos de programas especificados en este artículo? Explique cada uno de ellos.
2.    A efectos de esta ley, cuales elementos clasificados están especificados y cuáles son los diferentes tipos en que están divididos cada uno de ellos
3.    ¿Cómo están establecidos en esta ley los tipos y bloques de horarios para la difusión de mensajes?
4.    ¿Cuáles son las restricciones respecto a la publicidad y a la propaganda que están  contempladas en esta ley (artículo 9)?


III Parte

Comparación de los elementos analizados de la Ley de Responsabilidad Social en Radio y Televisión:
·         ¿El programa se ajusta a la ley en cuanto a los tipos y bloques de horarios, así  como con  los elementos clasificados para la difusión de mensajes?
·         ¿Qué crítica o aportes se le pueden hacer a dicho programa?
·         Observaciones o información adicional que el grupo pueda aportar luego del análisis del programa seleccionado


lunes, 12 de marzo de 2012

Idea-Estructura y objetivos de producción



Idea-Estructura y objetivos de producción

            Lo que el cine narra es sólo aquello que le permiten narrar los movimientos y los tiempos de la imagen.

Gilles Deleuze

            A la hora de concebir un proyecto audiovisual, se hace necesario, en primer lugar,  establecer claramente desde el comienzo, nuestros objetivos  y mantenerlos claros en toda la producción. 

            Nuestros objetivos de producción pueden ser cualquier cosa desde lograr en el espectador algún tipo de mejoramiento espiritual o simplemente crear una experiencia de escapismo puro de la cotidianidad. Entonces, para establecer nuestros objetivos de producción, elemento primordial que necesitamos es una historia, un “Algo” que contar, un  mensaje. Establecer la idea o el planteamiento de aquello que queremos llevar a cabo a través de nuestro proyecto audiovisual.

            Para lograr esto, recordemos y tomemos como ejemplo el modelo de  Harold Lasswell, que propone estructurar nuestro mensaje a partir de los siguientes elementos: ¿Qué es lo que queremos decir? , ¿A quién va dirigido nuestro mensaje? ¿Cuál es el efecto que queremos lograr en el espectador?

            Es fundamental entonces que revisemos lo principal que es la idea de nuestro proyecto audiovisual. ¿Pero qué es la idea? ¿Cómo organizo una idea o centro el planteamiento o idea de mi proyecto audiovisual?

La Idea

            Según Ramos y Marimón (1)[1] La idea es: la frase que sintetiza el argumento de un guión, y que puede desarrollarse en un story line (Síntesis del argumento de una breve extensión),  una sinopsis, un. tratamiento y, al final en un guión. Se aplica también al  germen del que nace el guión. Vemos entonces que acá estamos delimitando el planteamiento, aquello que queremos decir de manera sintetizada; Es necesario que tengamos claro nuestro planteamiento o nuestra idea para sentarnos a planificar lo que vendría a ser el desarrollo de nuestro argumento, para darle el tratamiento necesario y poder estructurar nuestro trabajo y sol entonces podemos empezar a realizar nuestro guión.

            El origen de las ideas a nivel de la producción o realización audiovisual pueden partir de un suceso o de un hecho concreto o de una ficción. Recordemos que el concepto de ficción viene de la acción y el efecto de fingir que a su vez tiene que ver con darle existencia a algo que no lo tiene en eso que podemos llamar “nuestro mundo real”.

            El concepto de ficción y su desarrollo parece estar vinculado a la noción de mímesis, que se desarrolló en la Antigua Grecia por el filósofo Aristóteles, según este, todas las obras literarias debían mimetizar o imitar la “realidad” a partir del principio de verosimilitud, Aristóteles, denominaba o describía como Mímesis a la imitación de la naturaleza la cual debía ser el fin esencial del arte. Contrario a Aristóteles, Platón, planteaba que las obras representadas debían imitar más a las ideas puras de aquello que era representado, no solo de  su apariencia.
           


            Respecto al origen de las ideas para un proyecto audiovisual, Ramos y Marimón, nos dicen también que: Las ideas pueden partir del mundo imaginario y las experiencias de un cineasta:, realizador. No obstante, las ideas pueden Partir de un suceso, como ocurre en el cine realista y los documentales, o bien de la adaptación más o menos fiel de dramas, novelas o filmes anteriores.

            Ahora bien, una vez establecida nuestra idea o nuestro planteamiento, el paso siguiente es plantearnos la estructura que no es otra cosa que el desarrollo de manera organizada de dicha idea.


La estructura

            Distribución y orden de las partes fundamentales de un guión (actos, secuencias, conflictos, giros, nudos, clímax y resoluciones).  La estructura de un largometraje puede ser de construcción clásica en tres actos o de construcción alternativa.  Las diferencias entre estas dos estructuras consisten en que en la primera la narración está centrada y conducida por un protagonista a lo largo de estos actos y todo está supeditado a él y a su trayectoria rectilínea, es decir, a resolver su conflicto (Luke Skywalker, en La guerra de las galaxias, quiere rescatar una princesa, o Andy, el muñeco protagonista de Toy story, quiere volver a ser el juguete favorito del niño), La estructura alternativa admite variantes, como la existencia de más de un protagonista (Reservoir dogs, Pulpfiction), la trayectoria no rectilínea de ese protagonista o bien su sustitución por otro (Psicosis), la sustitución de una trama por un retrato (el cortometraje Foutaises) o cualquier división que se aleje de los tres actos. 

            La función de la estructura clásica es pragmática y positivista en el sentido de que transmite al espectador la idea de que si se lucha por algo con la fuerza suficiente se consigue, por lo que los protagonistas de las historias con este tipo de estructuras suelen ser activos atractivos, emprendedores, voluntariosos e incluso obsesivos, Esa visión optimista y moralmente impregna la trayectoria del protagonista en el guión clásico.

            La estructura viene a ser entonces, en primer lugar el desarrollo puntual de la idea o del planteamiento de manera ordenada y separada según las partes que posteriormente desarrollaremos en nuestro guión. Que puede ser de construcción clásica, o de construcción alternativa. En la primera la trayectoria o desarrollo de la historia se hace de forma rectilínea de comienzo hasta el final y la estructura alternativa admite más variantes a lo largo de su desarrollo.



[1] Ramos,Jesús. Marimón, Joan:Diccionaro del Guion audiovisual.Editoria Océnao,S.L. 2002. 

domingo, 16 de octubre de 2011

LAS RUINAS CIRCULARES ( Borges, Jorge Luís: Ficciones. EMECÉ Editores, 23ª Edición. Bs.As. Argentina, 1975)

LAS RUINAS CIRCULARES


And if he left off dreaming about you...
Through the Looking-Glass, IV

    Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna .vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.
El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los labradores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.
   Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.
  A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una. tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día. la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.
  Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso: y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.
Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.
En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.
El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Intima-mente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo, eso había acontecido. . . En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más rara-mente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.
  Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer —y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanquean río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.
Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.
El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio con-céntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.



martes, 4 de octubre de 2011

Comunicación, ética y responsabilidad en los medios de comunicación masiva

Comunicación, ética y responsabilidad
en los medios de comunicación masiva

Jesús Morales

En nuestras sociedades modernas, lo que en el pasado representaron las plazas, públicas a la hora de debatir acerca de temas concernientes a la comunidad, hoy lo representan los medios de comunicación. De ahí que se habla de que los medios se han convertido hoy en día en las tribunas mediáticas para discurrir sobre cuestiones que acontecen en nuestras comunidades, en nuestros países o que quizás tengan repercusiones a nivel mundial. Ante esta situación, la presencia de los medios es determinante, ya que como es sabido, los medios de información o de comunicación no son inocuos, y que si bien, representan para muchos un especie de ventana al mundo, como fuente imprescindible de información, también son agentes sociales, capaces de influir en la cultura de las personas ( en sus opiniones, gustos, actitudes e, incluso su estilo de vida, en su manera de verse a sí mismos y en su manera de ver el mundo). Ese carácter social que tienen los medios requiere que constantemente se haga un análisis ético acerca del uso que se les da.
Recordemos que, aunque se debe hablar separadamente del proceso de comunicación y del uso que se le da a los medios de comunicación, hablar de la cuestión ética de esta combinación resulta algo casi inseparable.
En las sociedades de hoy en día, hablar de comunicación conlleva a hablar de medios de comunicación. Y para ello tenemos que tener presente que hablar de los medios requiere, como ya dijimos antes, hablar del aspecto ético, no sólo de parte de quienes tienen en mayor o menor grado una responsabilidad en un medio de comunicación específico (Impreso, visual o sonoro), es decir, los profesionales del área, quienes llevan el mensaje, pero esto resulta más complejo, ya que involucra a quienes administran dichos medios o quienes los controlan y determinan la organización, la estructura, las políticas y los contenidos emitidos a través de dichos medios. Situación que incluye por demás a funcionarios públicos y ejecutivos de empresas, miembros de consejos de administración, propietarios, editores y gerentes de emisoras, directores, jefes de redacción, productores, escritores, corresponsales y demás personal técnico que, en su conjunto, le dan vida a esa estructura u organización .
He aquí que para todos estas personas, cuyos roles describimos anteriormente, la cuestión ética es determinante, porque de allí devenga el uso que se le da a los medios de comunicación social, si se usan para el bien o para el mal. Ahora bien, ¿Cómo se da esta situación?
Hablar de medios masivos de comunicación y del uso que se les da en la actualidad, obliga necesariamente, a hablar de educación; hoy día es innegable la presencia que los medios masivos ejercen en las audiencias, sobre todo en las más jóvenes, que se ven cada vez mas influenciadas por lo atractivos, llamativos e interesantes que resultan en ocasiones las informaciones o contenidos que se les presentan a través de los medios. Estos, por su gran influencia, ofrecen a niños y jóvenes una especie de educación que podríamos llamar informal que incluso, en ocasiones consideran más llamativa e interesante que la educación obtenida en la escuela.
Hoy en día, los medios inciden más que nunca en la educación de las nuevas generaciones, moldean gustos y tendencias en públicos de todas las edades e incluso influyen en la manera como el individuo se relaciona consigo mismo, con sus semejantes y a su vez, con el mundo que les rodea.
Mucho se ha hablado de la modernización en todos los aspectos de la vida y particularmente a través de la tecnología. Pensar que “evolucionamos” como seres humanos a partir del uso de tecnologías cada vez más sofisticadas, resulta algo que aparte de ingenuo, es falso, “pues la tecnología no es en sí misma una opción de modernidad, de verdades indiscutibles” (De Oliveira Soares Ismar. “La gestión de la comunicación educativa”. Revista Latinoamericana de Comunicación “Chasqui”. No. 58) y mucho menos de una perspectiva humanista. Recordemos que durante el proceso de comunicación en el que están presentes los medios, debe haber un ser humano al comienzo y al final de dicho proceso, es decir, un ser humano que codifique el mensaje y otro que lo decodifique o lo reciba; el medio es tan solo un aparato que como tal, media el proceso o relación entre estos dos seres humanos.
Cuando se da esa relación, ese proceso, empiezan a aparecer elementos a los cuales le damos significado o importancia, es por ello que valoramos personas, ideas, actividades u objetos, según el significado que tienen para nuestra vida; aparecen pues los valores o las virtudes, que no son otra cosa que las normas de conducta y actitudes según las cuales nos comportamos y que están de acuerdo con aquello que consideramos correcto; es decir que de cierta forma regulan mi relación con las demás personas. Los valores o las virtudes no son solo conceptos que aprendemos oralmente o a través de lecturas, tienen necesariamente que llevarse a la práctica.
Sin embargo, el criterio con el que ejercemos o llevamos a la práctica esos valores o esas virtudes varía en el tiempo, a lo largo de la historia; podría depender de lo que una persona dentro de un contexto determinado asuma como sus valores. Aquí empiezan a jugar un papel preponderante las instituciones u organizaciones, que durante ese proceso, permiten que sus integrantes interactúen de manera armónica, influyen en su formación y desarrollo como personas, facilitando el alcanzar objetivos comunes que no serían posibles de manera individual. Allí comienzan a establecerse vínculos, tales como: La solidaridad con el prójimo, la superación de la soledad, la vida armoniosa en comunidad, la búsqueda del bienestar común, entre otros vínculos. Dentro de estas instituciones hoy en día están presentes los medios de comunicación que, como dijimos anteriormente, desempeñan el papel de tribunas mediáticas para discurrir sobre cuestiones que acontecen en nuestras comunidades, o en nuestros países.
Entonces bien, siendo la comunicación un proceso donde debe haber un ser humano al comienzo y al final, pero que, aun estando retirado de las grandes urbes, ese ser humano o individuo no está solo, pertenece a una comunidad, y dentro de esa comunidad deben existir normas compartidas que orienten el comportamiento de sus integrantes. De lo contrario, la comunidad no logra funcionar de manera satisfactoria para la mayoría. He allí que, hoy día, siendo los medios de comunicación elementos determinantes en la manera como el individuo se relaciona consigo mismo, con sus semejantes y a su vez, con el mundo que les rodea, quienes tienen acceso a los medios de comunicación, a través de la información que perciben a través de esos medios, pueden ver fortalecidos o disminuidos sus valores, gracias a la información recibida. Ese individuo puede ver aumentar su empatía y su solidaridad con su prójimo o puede encerrarse, alienado, en un mundo narcisista y aislado de sus seres más próximos.
Por ello es que la ética es fundamental a la hora de abordar un rol o ejercer una responsabilidad frente a un medio de comunicación masiva. De ahí que se hable de La deontología profesional periodística, que no es otra cosa que ese conjunto de normas que regula la actividad periodística, lo cual involucra tanto la moral como las leyes. Concretamente, podríamos decir que La deontología profesional periodística es el conjunto de normas específicas de la profesión que regulan la conciencia profesional de un informador. Están basadas en dos principios básicos: la responsabilidad social y la veracidad informativa. Aquí está contemplado el código de ética del ejercicio periodístico que cada país tiene, de acurdo a la carta magna por la que se rige ese país.
Debido pues a que los medios masivos de comunicación en la sociedad de hoy juegan un papel determinante e influyente como formadores culturales, recordemos que determinan en gran medida nuestras ideas, hábitos y costumbres, y además contribuyen en gran parte a fijar nuestras percepciones, nuestras formas de pensar dentro de nuestra sociedad; los medios contribuyen a establecer la agenda de los asuntos políticos, sociales y económicos que se discuten; pueden servir para crear o a destruir la reputación de una organización, persona o grupo de personas; y también proporcionan información y elementos para que la persona o el público construyan, formen sus opiniones y las difundan. Todo este proceso debe ser examinado con un ojo no solamente crítico, sino también ético por las personas que forman parte de ese proceso de comunicación. Recordemos que los principios y las normas éticas importantes en otros campos se aplican también a la comunicación social, y que, el principio ético fundamental consiste en que la persona humana debe ser respetada en su integridad, además, se debe tomar en cuenta que el hecho de que un individuo o persona busque para sí la realización u obtención de un bien, esta búsqueda o realización de ese bien individual, no puede ni debe realizarse jamás, independientemente del bien común. En relación a esto y para concluir, exponemos un extracto de la exposición de motivos del código de ética del periodista venezolano:
El periodista concibe la libertad de información como un factor de la elevación espiritual, moral y material del hombre. En consecuencia, debe denunciar como fraudulento invocar este principio para justificar intereses mercantiles o sensacionalistas o para convalidar tergiversaciones del mensaje informativo.
Esa libertad estará mejor salvaguardada cuando los periodistas se esfuercen por mantener el sentido más elevado de su responsabilidad profesional, conscientes de su obligación de informar oportuna y verazmente y de buscar siempre la verdad en las explicaciones e interpretaciones de los hechos.
No obstante, estamos conscientes de que una conducta profesional, ajustada a los lineamientos éticos, no es suficiente garantía de una información honesta y veraz. Se hace necesario establecer, por esto, responsabilidades de los propietarios de los medios de comunicación, quienes con frecuencia guían su conducta en busca de objetivos materiales antes que en la prestación de un servicio público(…)

lunes, 3 de octubre de 2011

Necesidad de aclarar algunas acepciones y errores cuando hablamos de comunicación (Antes de entrar en materia)

Necesidad de aclarar algunas acepciones y errores cuando hablamos de comunicación
(Antes de entrar en materia)

Jesús Morales

Cuando empezamos a dedicarle tiempo y estudio al tema de la comunicación, paradójicamente, encontramos que algunos autores especializados, al mismo tiempo que nos hablan de la comunicación como proceso netamente humano (y de las subdisciplinas que tiene tal campo (que incluyen teoría de la información, la comunicación interpersonal, marketing, publicidad, propaganda, relaciones públicas, análisis del discurso, el periodismo y las telecomunicaciones), ocasionalmente se suelen considerar o definir la comunicación como el intercambio de información entre dos objetos conectados. Pongamos como ejemplo la conexión entre un aparato cualquiera y la conexión que provee de energía para que dicho aparato entre en funcionamiento.
No en balde, la palabra comunicación se usa también en el sentido de transporte (por ejemplo, cuando se habla de la comunicación entre dos ciudades en tren). Este tipo de expresiones crea confusión y requiere pues, de un análisis y de una revisión.
Hoy por hoy se hace necesario repasar o revisar el concepto que tenemos de comunicación, más allá de los medios empleados y tecnicismos que a veces están presentes en ese proceso, que más que aclararnos nuestras dudas, aumenten nuestra confusión.
Si bien, es cierto que el estudio o el análisis del proceso de comunicación incluye otros campos de estudio, como por ejemplo, las telecomunicaciones, las diferentes ramas de las ciencias sociales, biología, el periodismo, las relaciones públicas, la publicidad, el uso de los medios audiovisuales e impresos, es necesario como dijimos anteriormente, revisar este concepto que manejamos.
La comunicación humana es un proceso que necesariamente implica el intercambio de mensajes de una manera recíproca, donde el emisor puede convertirse en receptor y viceversa. Erróneamente empleamos de igual manera conceptos distintos como lo son comunicación e información, siendo necesario abordar cada uno de estos conceptos de manera separada, como las concepciones distintas que estos términos implican.
Luego de definir separadamente los términos Comunicación e información, hay que abordar de una manera más o menos simplificada el proceso de comunicación como tal y los elementos que lo conforman para luego hablar de los Medios de Comunicación como aparatos, y he allí otro de los errores que frecuentemente se siguen cometiendo a la hora de hablar de comunicación. Recordemos lo que el filósofo Venezolano Antonio Pasquali dice al respecto:
La Comunicación no debe comprenderse, pues, por el simple hecho de que el teléfono y las computadoras, la gran industria radioeléctrica o las comunicaciones espaciales, hayan "creado" un problema de comunicaciones antes inexistente, sino porque el avance tecnológico y la universal difusión cuantitativa de los medios han problematizado(…)
Es por ello que, una vez aclarado esto, es cuando podemos entonces avocarnos a abordar el tema de la comunicación desde el punto de vista histórico- tecnológico, así como analizar las relaciones extra-tecnológicas que tiene el estudio de la comunicación con la sociología, la cultura, la política, las relaciones de poder, con la economía, la psicología y otras disciplinas o ciencias. Haciendo esto podríamos hablar luego, de las aplicaciones mayores que tiene el proceso de comunicación, como vendría a ser el estudio de la semiótica entendiendo esta como la “ciencia que estudie la vida de los signos en el seno de la vida social” ( F. de Saussure, 1970: 60) pero esto quizás abarcaría ámbitos de mayor complejidad para nuestra materia.
No obstante teniendo en cuenta la necesidad de aclarar estas acepciones y errores a la hora de hablar del concepto y el proceso comunicación como tal, habiendo despejados nuestras dudas al respecto, es que podemos entrar en materia.

martes, 20 de septiembre de 2011

El mensaje fotográfico

El mensaje fotográfico

La fotografía de prensa es un mensaje. Una fuente emisora, un canal de transmisión y un medio receptor constituyen el conjunto de su mensaje. La fuente emisora es el grupo de técnicos que forman la redacción del periódico: unos hacen las fotos, otros eligen una en particular, la componen, la tratan, y otros, por último, la titulan, le ponen un pie y la comentan. El medio receptor es el público que lee el periódico. Y el canal de transmisión, el propio periódico o, para hablar con más precisión, un complejo de mensajes concurrentes que tienen a la fotografía como centro, pero cuyo entorno está constituido por el texto, el titular, el pie de foto, la compaginación y, también, de un modo más abstracto pero no menos «informativo», la misma denominación del periódico (puesto que su nombre constituye un saber que puede pesar muchísimo en la lectura del mensaje propiamente dicho: una fotografía puede cambiar de sentido al pasar de L'Aurore a L'Humanité). Tales constataciones distan de ser ociosas; está bien claro que en este caso cada una de las tres partes tradicionales del mensaje requiere un método de exploración distinto; ambas, la emisión y la recepción del mensaje, necesitan de la sociología: hay que estudiar los grupos humanos, definir sus móviles, sus actitudes y tratar de relacionar el comportamiento de esos grupos con la totalidad de la sociedad de la que forman parte. Pero, por lo que respecta al propio mensaje, el método tiene que ser forzosamente diferente: cualesquiera que sean el origen y el destino del mensaje, la foto, además de ser un producto y un medio, es también un objeto, dotado de una autonomía estructural; sin pretender en absoluto la escisión entre el objeto y su uso, es necesario tener en cuenta para el primero un método particular, anterior al propio análisis sociológico, y que no puede consistir más que en el análisis inmanente de esa estructura original que es una fotografía.
Como es natural, incluso desde el punto de vista de un análisis puramente inmanente, la estructura de la fotografía dista de ser una estructura aislada; mantiene, como mínimo, comunicación con otra estructura, que es el texto (titular, pie o artículo) que acompaña siempre a la fotografía de prensa. Dos estructuras diferentes (una de las cuales es lingüística) soportan la totalidad de la información; estas dos estructuras concurren, pero, al estar formadas por unidades heterogéneas, no pueden mezclarse: en una (el texto), la sustancia del mensaje está constituida por palabras, en la otra (la fotografía), por líneas, superficies, tonos. Además, las dos estructuras del mensaje ocupan espacios reservados, contiguos pero no «homogeneizados», como sucede en cambio en el jeroglífico, que fusiona palabras e imágenes en una única línea de lectura. Así pues, aunque no hay fotografía de prensa que no vaya acompañada por un comentario escrito, el análisis debe comenzar por aplicarse a cada estructura por separado; tan sólo después de agotar el estudio de cada una de las estructuras se estará en condiciones de comprender la manera en que se completan éstas. Una de las dos estructuras, la de la lengua, ya nos es conocida (aunque no, en cambio, la de la «literatura» que constituye el habla del periódico; sobre este punto queda mucho por hacer); la otra, la de la fotografía propiamente dicha, nos resulta casi desconocida. Vamos a limitarnos, en estas páginas, a definir las primeras dificultades de un análisis estructural del mensaje fotográfico.

La paradoja fotográfica
¿Cuál es el contenido del mensaje fotográfico? ¿Qué es lo que transmite la fotografía? Por definición, la escena en sí misma, lo real literal. Hay, ciertamente, una reducción al pasar del objeto a su imagen: de proporción, de perspectiva y de color. Pero en ningún momento esa reducción llega a ser una transformación (en el sentido matemático del término); para pasar de lo real a su fotografía, no hace ninguna falta segmentar lo real en unidades y constituir estas unidades en signos sustancialmente diferentes al objeto que permiten leer: entre el objeto y su imagen no es en absoluto necesario disponer de un «relevo», es decir, de un código. Claro que la imagen no es real, pero, al menos, es el analogon perfecto de la realidad, y precisamente esta perfección analógica es lo que define la fotografía delante del sentido común. Y así queda revelado el particular estatuto de la imagen fotográfica: es un mensaje sin código. De esta proposición se hace imprescindible deducir de inmediato un corolario importante: el mensaje fotográfico es un mensaje continuo.
¿Existen más mensajes sin código? A primera vista, se diría que sí: precisamente, todas las reproducciones analógicas de la realidad: dibujo, pintura, cine, teatro. Pero en realidad todos esos mensajes despliegan de manera evidente e inmediata, además del propio contenido analógico (escena, objeto, paisaje), un mensaje suplementario al que por lo general conocemos como estilo de la reproducción. Se trata de un sentido secundario cuyo significante consiste en un determinado «tratamiento» de la imagen bajo la acción del creador y cuyo significado, estético o ideológico, remite a determinada «cultura» de la sociedad que recibe el mensaje. En definitiva, todas esas artes «imitativas» conllevan dos mensajes: un mensaje denotado, que es el propio analogon, y un mensaje connotado, que es, en cierta manera, el modo en que la sociedad ofrece al lector su opinión sobre aquél. En todas las reproducciones no fotográficas es evidente esta dualidad de los mensajes: no hay ningún dibujo, por «exacto» que sea, cuya misma exactitud no se haya convertido en estilo (en un «verismo»); ni escena filmada cuya objetividad deje de ser leída, en última instancia, como el propio signo de la objetividad. Incluso en estos casos está aún por hacer el estudio de los mensajes connotados (ante todo habría que decidir si lo que llamamos obra de arte puede reducirse a un sistema de significaciones); lo único que podemos hacer es prever que en todas estas artes «imitativas», desde que son comunes, el código del sistema connotado está constituido visiblemente bien por un sistema de símbolos universal, bien por una retórica de una época, en definitiva, por una reserva de estereotipos (esquemas, colores, grafismos, gestos, expresiones, agrupaciones de elementos).
Ahora bien, en principio, con la fotografía no pasa nada semejante, al menos con la fotografía de prensa, que jamás constituye una fotografía «artística». En la medida en que la fotografía se presenta como un análogo mecánico de lo real, su primer mensaje colma plenamente su sustancia, en cierto modo, y no hay lugar para el desarrollo de un segundo mensaje. En suma, la fotografía sería la única estructura de la información que estaría exclusivamente constituida y colmada por un mensaje «denotado», que la llenaría por completo; ante una fotografía, el sentimiento de «denotación» o, si se prefiere, de plenitud analógica, es tan intenso que la descripción de una foto de forma literal es imposible, pues «describir» consiste precisamente en añadir al mensaje denotado un sustituto o segundo mensaje, extraído de un código que es la lengua y que, a poco cuidado que uno se tome en ser exacto, constituye fatalmente una connotación respecto al mensaje analógico de la fotografía: así, describir no consiste sólo en ser inexacto e incompleto, sino en cambiar de estructura, en significar algo diferente de aquello que se muestra .
Ahora bien, la condición puramente «denotativa» de la fotografía, la perfección y plenitud de su analogía, en resumen, su «objetividad» (ésas son las características que el sentido común atribuye a la fotografía), es algo que corre el riesgo de ser mítico, pues de hecho existe una elevada probabilidad (y esto sería ya una hipótesis de trabajo) de que el mensaje fotográfico, o al menos el mensaje de prensa, esté también connota-do. Esta connotación no sería fácil ni captable de inmediato en el nivel del propio mensaje (se trata, en cierto modo, de una connotación invisible a la vez que activa, clara a la vez que implícita), pero sí es posible inferirla a partir de ciertos fenómenos que tienen lugar en el nivel de la producción y la recepción del mensaje: por una parte, una fotografía de prensa es un objeto trabajado, escogido, compuesto, elaborado, tratado de acuerdo con unas normas profesionales, estéticas o ideológicas que constituyen otros tantos factores de connotación; por otra parte, esa misma fotografía no solamente se percibe, se recibe, sino que se lee. El público que la consume la remite, más o menos conscientemente, a una reserva tradicional de signos; ahora bien, todo signo supone un código, y este código —el de connotación— es el que habría que tratar de establecer. Así pues, la paradoja fotográfica residiría en la coexistencia de dos mensajes, uno de ellos sin código (el análogo fotográfico), y otro con código (el «arte», el tratamiento, la «escritura» o retórica de la fotografía); en su estructura, la paradoja no reside evidentemente en la connivencia de un mensaje denotado y un mensaje connotado: tal es el estatuto, fatal quizá, de toda la comunicación de masas, sino en que el mensaje connotado (o codificado) se desarrolla, en la fotografía, a partir de un mensaje sin código. Esta paradoja estructural coincide con una paradoja ética: cuando uno quiere ser «neutro, objetivo», se esfuerza en copiar minuciosamente lo real, como si la analogía fuese un factor de resistencia ante el asedio de los valores (al menos ésa es la definición del «realismo» estético). Entonces, ¿cómo es que la fotografía puede ser a la vez «objetiva» y «asediada», natural y cultural? Quizás algún día se podrá contestar a esta pregunta, si es que se llega a captar el modo de imbricación del mensaje denotado y el mensaje connotado. Pero, antes de empezar tal trabajo, es imprescindible recordar que en la fotografía, el mensaje denotado, al ser absolutamente analógico, es decir privado de un código, es además continuo, y no tiene objeto intentar hallar las unidades significantes del primer mensaje; por el contrario, el mensaje connotado comprende electivamente un plano de la expresión y un plano del contenido, significantes y significados: obliga, por tanto, a un auténtico desciframiento. Tal desciframiento resultaría prematuro hoy, ya que para aislar las unidades significantes y los temas (o valores) significados, habría que proceder (quizás a base de tests) a realizar lecturas dirigidas, en las que se variarían de forma artificial ciertos elementos de la fotografía con el fin de observar si tales variaciones formales acarrean variaciones de sentido. Por lo menos, desde este mismo momento podemos prever los principales planos de análisis de la connotación fotográfica.

Los procedimientos de connotación
La connotación, es decir, la imposición de un segundo sentido al mensaje fotográfico propiamente dicho, se elabora a lo largo de ios diferentes niveles de producción de la fotografía (elección, tratamiento técnico, encuadre, compaginación): consiste, en definitiva, en la codificación del análogo fotográfico; de manera que es posible reconocer los procedimientos de connotación; pero esos procedimientos, hay que tenerlo muy en cuenta, no tienen nada que ver con las unidades de significación que un posterior análisis de tipo semántico quizá permita llegar a definir un día: no se puede decir que formen parte, hablando con propiedad, de la estructura fotográfica. Los procedimientos son bien conocidos; nos limitaremos a traducirlos a términos estructurales. Para ser rigurosos, habría que separar los tres primeros (trucaje, pose, objetos) de los tres últimos (fotogenia, esteticismo, sintaxis), ya que la connotación se produce, en cuanto a los tres primeros procedimientos, por una modificación de la propia realidad, es decir, del mensaje denotado (es evidente que esta preparación no es exclusiva de la fotografía); si los incluimos, a pesar de ello, entre los procedimientos de connotación fotográfica es porque también ellos se benefician del prestigio de la denotación: la fotografía permite que el fotógrafo escamotee la preparación a que somete a la escena que piensa captar; pero no por ello deja de ser dudoso que, desde un punto de vista estructural posterior, pueda tenerse en cuenta el material que tales procedimientos proporcionan.

1. Trucaje
Una fotografía ampliamente difundida por la prensa americana en 1951 costó el escaño, según dicen, al senador Millard Tydings: la fotografía representaba al senador conversando con el líder comunista Earl Browder. De hecho, no era más que una foto trucada, compuesta por el procedimiento de aproximar de forma artificial las dos caras. El interés que el trucaje presenta como método reside en que interviene, sin previo aviso, dentro mismo del plano de denotación; utiliza la particular credibilidad de la fotografía que, como hemos visto, consiste en su excepcional poder de denotación, para hacer pasar como mensaje simplemente denotado un mensaje que está, de hecho, connotado con mucha fuerza; ningún otro tratamiento permite a la connotación enmascararse con más perfección tras la «objetividad» de la denotación. Como es natural, la significación no es posible sino en la medida en que hay una reserva de signos, un esbozo de código; en esta foto, el significante es la actitud de conversación de los dos personajes; es evidente que esta actitud no pasa a convertirse en signo sino para una determinada sociedad, es decir, desde el punto de vista de unos determinados valores: tan sólo el rígido anticomunismo del electorado tiene la capacidad de convertir el gesto de los interlocutores en el signo de una reprensible familiaridad; es decir, que el código de la connotación no es ni artificial (como el de una verdadera lengua) ni natural: es histórico.

2. Pose
Durante unas elecciones americanas, se difundió ampliamente una fotografía que representaba el busto del presidente Kennedy, de perfil, con las manos unidas y la mirada dirigida al cielo. En este caso es la propia pose del personaje la que da pie a la lectura de los significados de connotación: juventud, espiritualidad, pureza; como es evidente, la fotografía no es significante sino en la medida en que existe una reserva de actitudes estereotipadas que constituyen elementos de significación ya establecidos (mirada dirigida al cielo, manos juntas); una «gramática histórica» de la connotación iconográfica tendría, por tanto, que buscar sus materiales en la pintura, el teatro, las asociaciones de ideas, las metáforas corrientes, etcétera, es decir, precisamente en la «cultura». Como ya dijimos, la pose no es en lo específico un procedimiento fotográfico, pero no queda más remedio que hablar de ella, ya que su efecto proviene del principio analógico en que se funda la fotografía: el mensaje no es «la pose», sino «Kennedy rezando»: el lector recibe como simple denotación lo que, en realidad, es una doble estructura denotada-connotada.

3. Objetos
Hay que reconocer ahora una particular importancia a lo que podría denominarse la pose de los objetos, ya que el sentido connotado surge de los objetos fotografiados (ya porque el fotógrafo tuviera ocasión de disponerlos de modo artificial ante el objetivo, ya porque el compaginador haya elegido, de entre un conjunto, la fotografía de un objeto u otro). El interés reside en que estos objetos son inductores habituales de asociaciones de ideas (biblioteca = intelectual) o bien, de un modo más misterioso, auténticos símbolos (la puerta de la cámara de gas de Chessmann remite al portal mortuorio de la antigua mitología). Estos objetos constituyen excelentes elementos de significación: por una parte, son discontinuos y completos en sí mismos, lo cual constituye una cualidad física para un signo; por otra, remiten a significados claros, conocidos; son los elementos de un auténtico léxico, tan estables que se les podría dar una estructura sintáctica con facilidad. Esta podría ser, por ejemplo, una «composición» de objetos: una ventana abierta sobre techumbres de tejas, un paisaje de viñedos ante la ventana, un álbum de fotos, una lupa, un jarrón con flores; estamos, por tanto, en el campo, al sur del Loira (viñedos y tejas), en una vivienda burguesa (flores sobre la -mesa), y el anciano anfitrión (lupa) está reviviendo sus recuerdos (álbum fotográfico): es Francois Mauriac en Malagar (foto de Paris-Match); la connotación «salta», en cierto modo, de la totalidad de esas unidades significantes, aunque hayan sido «captadas» como si se tratara de una escena inmediata y espontánea, o sea, insignificante; en el texto, que desarrolla el tema de los lazos de Mauriac con la tierra, aparece explicitada. Es posible que el objeto no posea una «fuerza», pero es seguro que posee un sentido.

4. Fotogenia
La teoría de la fotogenia ya ha sido elaborada (por Edgar Morin, en Le Cinema ou l`Homine imaginaire), y éste no es el momento para volver a tratar la significación general de tal procedimiento. Basta con que definamos la fotogenia en términos de estructura informativa; en la fotogenia, el mensaje connotado está en la misma imagen «embellecida» (es decir, sublimada, en general) por las técnicas de iluminación, impresión y reproducción. Estas técnicas merecerían ser enumeradas aunque sólo fuera en la medida en que a cada una de ellas le corresponde un significado de connotación lo suficientemente estable como para incorporarse a un léxico cultural de los «efectos» técnicos (por ejemplo, el «flou» de movimiento, o «corrimiento», que el equipo del Dr. Steinert lanzó para significar el espacio-tiempo). Esta enumeración sería, además, una excelente ocasión para distinguir los efectos estéticos de los efectos significantes —a no ser que reconozcamos que en fotografía,
muy a pesar de lo que pretenden los fotógrafos de exposición, jamás hay arte, pero siempre hay sentido— lo que serviría justamente para oponer, por fin, de acuerdo con un criterio preciso, la buena pintura, por muy figurativa que sea, a la fotografía.

5. Esteticismo
Puesto que parece ser que sólo de manera muy ambigua se puede hablar de esteticismo en fotografía: cuando la fotografía se convierte en pintura, es decir, en composición o sustancia visual deliberadamente tratada por «empaste de colores», lo hace tan sólo para significarse a sí misma como «arte» (y éste sería el caso de la técnica pictórica de principios de siglo), o bien para imponer un significado normalmente más sutil y complejo del que permitirían otros procedimientos de connotación; de esta manera, Cartier-Bresson compaginó su foto de la recepción que los fieles de Lisieux tributaron al cardenal Pacelli como si se tratara del cuadro de un maestro antiguo; pero su fotografía no es en absoluto un cuadro; por una parte, su esteticismo estereotipado remite (con cierta malicia) a la propia idea de cuadro (lo que se opone a cualquier verdadera pintura) y, por otra, la composición, en este caso, significa declaradamente una cierta espiritualidad extática, traducida con precisión en términos de espectáculo objetivo. Aquí podemos observar fácilmente la diferencia entre fotografía y pintura: en el cuadro de un Primitivo, la «espiritualidad» nunca constituye un significado, sino, por así decirlo, la misma esencia de la imagen; es verdad que puede haber, en ciertas pinturas, elementos de un código, figuras de retórica, símbolos de época; pero no existe ningún significante que remita a la espiritualidad, que es una manera de ser y no el objeto de un mensaje estructurado.
Se ha hablado ya en estas páginas de una lectura discursiva de objetos-signos dentro de una misma fotografía; como es natural, una serie de varias fotos puede constituirse en secuencia (éste es el caso de las revistas ilustradas); el significante de connotación no se encuentra en el nivel de ninguno de los fragmentos de la secuencia, sino en el de su encadenamiento (que los lingüistas llaman suprasegmental). Tenemos ante nosotros cuatro instantáneas de una cacería presidencial en Rambouillet; en cada una de ellas el ilustre cazador (Vincent Auriol) dirige su fusil en una dirección imprevista, con gran riesgo de los guardias, que huyen o se encogen: es la secuencia (y sólo la secuencia) la que proporciona la gracia, por medio de un procedimiento sobradamente conocido, el de la repetición y variación de las actitudes. A este respecto, hay que observar que la fotografía solitaria muy raras veces (o sea, muy difícilmente) resulta cómica, al contrario que el dibujo; la comicidad necesita del movimiento, es decir, de la repetición (muy fácil en cine), o de la tipificación (posible en el dibujo), y ambas «connotaciones» le están prohibidas a la fotografía.

El texto y la imagen
Tales son los principales procedimientos de connotación de la imagen fotográfica (repitamos una vez más que se trata de técnicas, no de unidades). Podemos agregar de modo constante el texto mismo que acompaña la fotografía periodística. Se imponen aquí tres observaciones.
En primer lugar la siguiente: el texto constituye un mensaje parásito, destinado a connotar la imagen, es decir, a uno o varios significados secundarios. En otras palabras, y eso representa un vuelco histórico importante, la imagen ya no ilustra la palabra; es la palabra que, estructuralmente, es parásita de la imagen. Este vuelco tiene su precio: en las formas tradicionales de la imagen funcionaba como una vuelta episódica a la denotación, a partir de un mensaje principal (el texto) sentido como connotado, puesto que necesitaba, precisamente, una ilustración; en la relación actual, la imagen no viene a aclarar o a la palabra; es la palabra que viene a sublimar, patetizar o racionalizar la imagen; pero como esta operación se hace a título accesorio, el nuevo conjunto informativo parece fundarse principalmente en un mensaje objetivo (denotado), del cual la palabra no es más que una suerte de vibración secundaria, casi inconsecuente. Antes, la imagen ilustraba el texto (lo hacía más claro); hoy en día el texto hace más pesada la imagen, le impone una cultura, una moral, una imaginación; antes había una reducción del texto a la imagen, hoy, una amplificación de una a otra: la connotación ya no se vive más que como la resonancia natural de la denotación fundamental constituida por la analogía fotográfica. Nos encontramos pues frente a un proceso caracterizado de naturalización de lo cultural.
Otra observación: el efecto de connotación es probablemente diferente según el modo de presentación de la palabra; cuanto, más cerca se encuentra de la imagen, menos parece connotarla; atrapado en alguna medida por el mensaje iconográfico, el mensaje verbal parece participar de su objetividad, la connotación del lenguaje se vuelve a través de la denotación de la fotografía. Es cierto que no hay nunca una verdadera incorporación, puesto que las sustancias de ambas estructuras (en un caso gráfica, en el otro icónica) son irreductibles; pero es probable que en esa amalgama existan grados, es posible que la leyenda tenga un efecto de connotación menos evidente que la de los títulos o los artículos; título y artículo se separan sensiblemente de la imagen, el título y artículo se separan sensiblemente de la imagen, el título por su impresión, el artículo por su distancia, uno porque rompe, el otro porque aleja el contenido de la imagen; la leyenda, por el contrario, por su misma disposición, por su medida promedio de lectura, parece reforzar la imagen, es decir, participar en su denotación.
Sin embargo es imposible (y esta será la última observación respecto del texto) que la palabra la imagen, pues en el pasaje de una estructura a otra, se elaboran fatalmente significados secundarios.
¿Cuál es la relación que estos significados de connotación mantienen con la imagen? Aparentemente se trata de una explicación, es decir, en cierta medida, de un énfasis; en efecto, la mayoría de las veces el texto no hace más que amplificar un conjunto de connotaciones que ya están incluidas en la fotografía; pero también a veces el texto produce (inventa) un significado enteramente nuevo y que de alguna manera se proyecta retroactivamente en la imagen, hasta el punto de parecer denotado: , dice el título de una fotografía en la que se ve a la reina Isabel y a Felipe de Edimburgo bajando de un avión; sin embargo, en el momento de la fotografía, estos dos personajes ignoraban por completo el accidente aéreo del que acaban de escapar. A veces, la palabra puede también llegar a contradecir la imagen de modo de producir una connotación compensatoria. Una análisis de Gerbner (The social anatomy of the romance confession cover-girl) mostró que en ciertas revistas sentimentales, el mensaje verbal de los títulos de la tapa (de contenido sombrío y angustioso) acompañaba siempre la imagen de una cover-girl radiante; los dos mensajes entran aquí en un compromiso; la connotación tiene una función reguladora, preserva el juego irracional de la proyección-identificación.
La insignificancia fotográfica Hemos visto que, verosímilmente, el código de connotación no es mi ni, sino histórico, o si se prefiere. En él los signos son gestos, actitudes, expresiones, colores o efectos, provistos de ciertos sentidos en virtud del uso de una cierta sociedad: la relación entre el significante y el significado, es decir la significación, es, si no inmotivada, al menos enteramente histórica. Por consiguiente, no puede decirse que el hombre moderno proyecte en la lectura de la fotografía sentimientos y valores caracterológicos o, es decir infra o trans-históricos, más que si se precisa con toda claridad que la significación es siempre elaborada por una sociedad y una historia definidas; la significación es, en suma, el movimiento dialéctico que resuelve la contradicción entre el hombre cultural y el hombre natural.
Por consiguiente, gracias a su código de connotación, la lectura de la fotografía es siempre histórica; depende del lector, como si se tratara de una lengua verdadera, inteligible sólo si se conocen sus signos. En resumidas cuentas, el fotográfico no dejaría de recordar ciertas lenguas ideográficas, en las cuales unidades analógicas y unidades descriptivas están mezcladas, con la diferencia de que el ideograma es vivido como un signo, en tanto que la fotográfica pasa por ser denotación pura y simple de la realidad. Encontrar este código de connotación sería, entonces, aislar, enumerar y estructurar todas las partes de la superficie fotográfica cuya discontinuidad misma depende de un cierto saber del lector, o si se prefiere, de su situación cultural.
Ahora bien, en esta tarea quizá sea necesario llegar bastante lejos. Nada indica que en la fotografía haya partes o que la insignificancia completa de la fotografía sea quizá totalmente excepcional.
Para resolver este primer problema, habría que dilucidar en primer término los mecanismos de lectura (en el sentido físico y semántico de término), o, si se prefiere, de percepción de la fotografía. Ahora bien, en este sentido no sabemos gran cosa: ¿cómo leemos una fotografía? ¿Qué percibimos? ¿En qué orden, según qué itinerario? ¿Qué es incluso percibir? Sí, según ciertas hipótesis de Bruner y Piaget, no hay percepción sin categorización inmediata, la fotografía se verbaliza en el momento mismo en que se percibe; o, mejor dicho, no se percibe más que verbalizada (si la verbalización tarda, se produce un desorden de la percepción, interrogación, angustia del sujeto, traumatismo, según la hipótesis de G. Cohen-Séat a propósito de la percepción fílmica). Desde este punto de vista, la imagen captada de inmediato por un metalenguaje interior –la lengua-, no conocería en suma ningún estado denotado. Socialmente, sólo existiría sumergida por lo menos en una primera connotación, precisamente la de las categorías de la lengua; y se sabe que toda lengua toma partido a favor de las cosas, que connota lo real, aunque más no fuera segmentándolo; por consiguiente, las connotaciones de la fotografías coincidirían, en términos generales, con los grandes planos de connotación del lenguaje.
De esta suerte, además de la connotación, hipotética pero posible, se encontrarían modos de connotación más particulares. En primer término, una connotación, cuyos significantes estarían seleccionados, localizados, en ciertas partes del analogon: ante tal vista de ciudad, sé que estoy en un país del norte de África, porque veo a la izquierda un cartel escrito en caracteres arábigos, en el centro un hombre vestido con una gandurah, etc.; en este caso la lectura depende estrechamente de mi cultura, de mi conocimiento del mundo; y es probable que una buena foto periodística (y todas lo son, puesto que están seleccionadas) juegue con el saber supuesto de sus lectores, eligiendo los clichés que contienen la mayor cantidad posible de informaciones de este tipo, de manera de euforizar la lectura. Si se fotografía Agadir destruida, más vale disponer de algunos signos de, aunque la no tenga nada que ver con el desastre en sí, pues la connotación proveniente del saber es siempre una fuerza tranquilizadora: al hombre le gustan los signos, y le gustan claros.
Connotación perceptiva, connotación cognitiva: queda aún el problema de la connotación ideológica (en el sentido amplio del término) o ética, que introduce en la lectura de la imagen razones o valores. Se trata de una connotación fuerte, exige un significante muy elaborado, casi diríamos sintáctico: encuentro de personajes (lo vimos a propósito del trucaje), desarrollo de actitudes, constelación de objetos. El hijo del Shah de Persia acaba de nacer: en la fotografía vemos: la realeza (cuna dorada por una multitud de servidores que la rodean), la riqueza (varias nurses), la higiene (guardapolvos blancos, techo de la cuna de plexi-glass), la condición, pese a todo humana, de los reyes (el bebé llora), es decir todos los elementos contradictorios del mito principesco, tal como lo consumimos en la actualidad. En este caso se trata de valores apolíticos, y el léxico es rico y claro. Es posible (pero esto no es más que una hipótesis) que por el contrario, la connotación política esté la mayoría de las veces confiada al texto, en la medida en que las selecciones políticas son siempre, por así decirlo, de mala fe: de determinada fotografía puedo dar una lectura de derecha o una lectura de izquierda (ver en este sentido una encuesta del I.F.O.P publicada por Les Temps modernes, 1955). La denotación, o su apariencia, es una fuerza que no logra modificar las opciones políticas: nunca ninguna fotografía convenció o desmintió a nadie (pero puede), en la medida en que la conciencia política es tal vez inexistente fuera los logos: la política es lo que permite todos los lenguajes.
Estas observaciones bosquejan una suerte de cuadro diferencial de las connotaciones fotográficas; en todo caso, puede verse que la connotación llega muy lejos. ¿Significa esto que sea imposible una pura denotación, un más acá del lenguaje? Si existe, no es tal vez a nivel de lo que el lenguaje corriente llama lo insignificante, lo neutro, lo objetivo, sino más bien a nivel de las imágenes propiamente traumáticas: el trauma es precisamente lo que suspende el lenguaje y bloquea la significación. Es cierto que en un proceso de significación fotográfica pueden captarse situaciones normalmente traumáticas; lo que sucede es que precisamente ene se momento son señaladas a través de un código retórico que las distancia, las sublima, las aplaca. Son raras las fotografía propiamente traumáticas, pues en fotografía el trauma es enteramente tributario de la certeza de que la escena tuvo realmente lugar: era necesario que el fotógrafo estuviese allí (definición mítica de la denotación); pero una vez sentado esto (que a decir verdad ya es una connotación), la fotografía traumática (incendios, naufragios, catástrofes, muertes violentas captadas es aquella de la cual no hay nada que decir: la foto-choque es por estructura insignificante: ningún valor, ningún saber, en última instancia ninguna categorización verbal pueden influir en el proceso institucional de la significación. Podría entonces imaginarse una suerte de ley: cuanto más directo es el trauma, tanto más difícil la connotación; o bien, el efecto de una fotografía es inversamente proporcional a su efecto traumático.
¿Por qué? lo que sin duda sucede es que, como toda significación bien estructurada, la connotación fotográfica es una actividad institucional. A nivel de la sociedad total, su función es integrar al hombre, es decir, tranquilizarlo.
Todo código es a la vez arbitrario y racional y recurrir a un código es para el hombre un modo de comprobarse, de probarse a través de una razón y una libertad. En este sentido, es posible que el análisis de los códigos permita definir históricamente una sociedad con mayor seguridad y facilidad que el análisis de sus significados, pues éstos pueden aparecer a menudo como trans-históricos, pertenecientes a un fondo antropológico más que a una historia verdadera: Hegel definió mejor a los antiguos griegos cuando esbozó la manera como significaban la naturaleza, que cuando describió el conjunto de sus referidas a este tema. Del mismo modo quizás haya algo más útil que hacer directamente el recuento de los contenidos ideológicos de nuestro tiempo, pues al tratar de reconstituir en su estructura específica de connotación de una comunicación tan amplia como lo es la fotografía periodística, podemos esperar encontrar, en su fineza misma, las formas que nuestra sociedad utiliza para tranquilizarse, y captar así la medida, los rodeos y la función profunda de este esfuerzo. La perspectiva es tanto más atractiva, como dijimos al comienzo, cuanto que en lo relativo a la fotografía, se desarrolla bajo la forma de una paradoja: la que hace de un objeto inerte un lenguaje y transforma la incultura de una arte , en la más social de las instituciones.